La máquina del tiempo

Los Marañones — La máquina del tiempo

Por Nacho Ruiz.

 

Existe el sonido Marañones, que vuelve cargado del misticismo que viaja «Desde el más allá». Es un sonido que busca (y consigue) trascender, como las historias que cuentan. Este disco solo se podía llamar La máquina del tiempo; es un constante viaje lisérgico por las dimensiones del imaginario Marañones, es la propuesta de un viaje continuo «huyendo del murmullo del pasado, como sombras acechando tras la puerta».

Recorremos con ellos paisajes en los que por los sueños se navega y el tiempo es relativo, casi irrelevante, es un viaje hacia delante o atrás. Es también un constante viaje interior en el misticismo de «El infinito, tú y yo», ese misticismo en el que entran las grandes cuestiones, pero el ideario sigue siendo ferozmente suyo, son las canciones de amor y desamor, como «No tienes corazón». Son ellos, desde el Big Bang a la intemporalidad de sus canciones.

También existe el ritmo Marañones, ese que da la punta del pie de Miguel Bañón en cada compás, dure lo que dure el concierto, pasen los años que pasen. La punta del pie de Bañón es la cadencia de la edad que tenemos pateando las tablas de la historia del rock en España, desde «Boie Bagat Wo» a «El nómada» pasando por «Sexy Dream».

Hay una historia propia del sonido Marañones que tiene capítulos completos de beat y psicodelia, pero el pie de Bañon no deja jamás de golpear las tablas como solo él puede hacer. Prácticamente todos sus sonidos, de forma coherente, reaparecen en La máquina del tiempo.

El sonido Marañones ha ido creciendo. Es una genealogía y una geografía descolocada en la que el mundo, tan ancho como quiera ser, tiene su centro en Murcia. Sobre los diferentes discursos musicales, ha pasado un factor omnipresente en la música de Los Marañones: la inteligencia. El paso de los años ha condensado historias en las canciones que han ido abandonando ese punto críptico para narrar la vida, pero no todas las bandas pueden contar la verdad, aunque quieran. Hay que saber escribirlas y que, una vez escritas, nos las creamos, como cuando en «Las siete de la tarde» la vida transcurre en un tiempo medio sin que el tiempo pase, o más bien sin que apenas nada pase en el tiempo vacío, con el día ya dormido. Cantarle al paso de las horas, al tiempo sin sucesos, a la nada y que la canción sea, como todas las de este disco, deliciosa.

El sonido Marañones es como los perros mil leches. No se parecen a ninguna raza porque son la suma de muchas, un modelo genético perfeccionado con los infinitos coitos sin complejos. Los mil leches son productos del amor sin fronteras, sin mirar a razas, y la música de Los Marañones es eso llevado a la batería por Pedrín y fulminado a trallazos rítmicos de Carlos.

Canciones como «En el mar» en este disco no permiten ser metidas en ninguno de los cajones. No sé qué es ese hipnótico tema, pero es que eso, sin darte cuenta, ocurre en las piezas de orfebrería que son las canciones de Los Marañones.

El sonido de Los Marañones es el sonido de mi vida, la banda sonora de mi pasar por el mundo y crecer, porque crecen ellas, las canciones, crecen ellos, Los Marañones, y crezco yo, el fan. El ir y venir de Román por el escenario es una imagen fija en mi relación con la música, que es mi relación con el mundo.

Hoy todo sigue, en cierta manera, igual. «Apriétate bien contra mí, bailemos en la oscuridad de mi habitación», cantan en «Bailando en la oscuridad». Y yo me dispongo a bailar.

Nacho Ruiz.